Apenas es ya uno de los numerosos recuerdos que atormentan mi alma. Uno de esos recuerdos que ni toda la tinta del mundo, por muy mágica que sea, consigue sanar.
Pero es que veces tenemos secretos escondidos en forma de recuerdos que atormentan el alma y paralizan al corazón, haciéndonos sentir débiles.. aunque al final sea la única manera de poder ser más fuertes.
Lo sé, es un juego enrevesado en el que tenemos mucho que perder. El de enfrentarnos a nuestros peores recuerdos, digo. Por si no quedaba claro siempre son ellos los primeros en mover ficha, pillándonos desprevenidos cuando menos nos lo esperamos, haciéndonos retorcer de dolor aunque sea solo por un segundo. Está de más decir que juegan con ventaja, tienen unos poderosos alíados: los sueños y la memoria. En cuanto a nosotros... solo nos queda la promesa del tiempo, la paciencia para curar nuestras heridas y ese pequeño defecto de fábrica que tenemos todos de ir olvidando pequeños detalles que en otro tiempo nos parecieron el mundo entero.
Y en tiempos de tregua... tenemos que intentar volar. Volar para intentar olvidar que el hecho de que oigamos latir a nuestros corazones, no significa que no estén rotos por todos los sitios posibles. Volar para sanarnos, porque al final, la única forma de curar nuestros corazones es hacerles sentir que pueden palpitar con la misma fuerza que antes sin quebrarse al primer intento.
domingo, 19 de mayo de 2013
martes, 23 de abril de 2013
But sometimes they come back...
A veces la gente te sorprende.
A veces te sorprenden incluso cuando crees que ya nunca más podrán hacerlo, cuando has intentado cerrar con llave ventanas y puertas que podrían conducir hasta tí y aún así encuentran el camino para hacerlo.
Siempre he odiado que la gente se fuese de mi vida. Que se marchasen sin dejar rastro, como si nunca hubiesen estado allí, dejando ese vacío tan enorme y oscuro. Pero... ¿Y si alguien volviese? ¿Y si.. por una vez, tan solo una vez, alguien pareciese haberle dado sentido a la única promesa que de verdad merece la pena?
Creo que sería mágico. Y yo, adoro la magia por encima de todas las cosas.
A veces te sorprenden incluso cuando crees que ya nunca más podrán hacerlo, cuando has intentado cerrar con llave ventanas y puertas que podrían conducir hasta tí y aún así encuentran el camino para hacerlo.
Siempre he odiado que la gente se fuese de mi vida. Que se marchasen sin dejar rastro, como si nunca hubiesen estado allí, dejando ese vacío tan enorme y oscuro. Pero... ¿Y si alguien volviese? ¿Y si.. por una vez, tan solo una vez, alguien pareciese haberle dado sentido a la única promesa que de verdad merece la pena?
Creo que sería mágico. Y yo, adoro la magia por encima de todas las cosas.
lunes, 1 de abril de 2013
Solo por ser hoy..
Ayer intenté pensarte, y me di cuenta de que ya no recordaba tu voz. Intenté que me hablases, que me gritases, pero definitivamente he olvidado su sonido. También tu olor, y el eco de tu sonrisa, pero de eso me di cuenta más tarde, mucho después de que la imagen de tu recuerdo, antes tan nítida, se desdibujase hasta distorsionarse por completo.
Es curioso como los recuerdos nos eligen. Cuando vivimos algo nunca pensamos en lo que recordaremos cuando ya no lo tengamos, y cuando aparecen las primeras imágenes nunca son las esperadas. Tenemos tendencia a creer que recordaremos los grandes momentos y sin embargo, a la hora de la verdad, nos aferramos a pequeños gestos, a nimiedades cotidianas.
Ayer intenté pensarte, y ya no me vi en aquel coche junto a tí. Me fui alejando hasta que solo pude ver a dos personas que me parecieron completas desconocidas.
Y sonreí, porque parecía que se querían.
Pero entonces me di cuenta de que éramos tú y yo.
Es curioso como los recuerdos nos eligen. Cuando vivimos algo nunca pensamos en lo que recordaremos cuando ya no lo tengamos, y cuando aparecen las primeras imágenes nunca son las esperadas. Tenemos tendencia a creer que recordaremos los grandes momentos y sin embargo, a la hora de la verdad, nos aferramos a pequeños gestos, a nimiedades cotidianas.
Ayer intenté pensarte, y ya no me vi en aquel coche junto a tí. Me fui alejando hasta que solo pude ver a dos personas que me parecieron completas desconocidas.
Y sonreí, porque parecía que se querían.
Pero entonces me di cuenta de que éramos tú y yo.
sábado, 16 de marzo de 2013
Corazón deshabitado
¿En qué momento el corazón se cansa de dejar en manos de otros la partitura de sus palpitaciones?
La verdad es que no lo sé.
Como tampoco sé cuando se cansó el mío, cuando se empezó a apagar y se dejó morir sin hacer apenas ruido. Puede que se cansase de interpretar siempre los pentagramas más enrevesados, de intentar crear sus obras maestras y nunca terminar ninguna. Al fin y al cabo siempre tuvo un poco de complejo de melodía interminada.
Supongo que no debería quejarme de no sentirlo, de no sentir nada bajo mi piel. El corazón se me ha roto tantas veces y en fragmentos tan minúsculos, que al final encontrarlos todos se ha vuelto imposible. Por eso miro los pocos que me quedan desde la distancia, sin llegar a pegarlos ni a introducirlos de nuevo dentro de mí.
Eran preciosos. Una pena que no me diese cuenta antes.
No sé, imagino que solo es una muestra más de agotamiento. De levantarme y no sentir absolutamente nada. De no pertenecer aquí, ni a ningún sitio. De no saber quién soy, ni como volver a ser yo misma.
Pero en fín, no sé, puede que todavía haya gente que piense que para encontrarse primero hay que perderse.
Puede que aún exista esperanza.
La verdad es que no lo sé.
Como tampoco sé cuando se cansó el mío, cuando se empezó a apagar y se dejó morir sin hacer apenas ruido. Puede que se cansase de interpretar siempre los pentagramas más enrevesados, de intentar crear sus obras maestras y nunca terminar ninguna. Al fin y al cabo siempre tuvo un poco de complejo de melodía interminada.
Supongo que no debería quejarme de no sentirlo, de no sentir nada bajo mi piel. El corazón se me ha roto tantas veces y en fragmentos tan minúsculos, que al final encontrarlos todos se ha vuelto imposible. Por eso miro los pocos que me quedan desde la distancia, sin llegar a pegarlos ni a introducirlos de nuevo dentro de mí.
Eran preciosos. Una pena que no me diese cuenta antes.
No sé, imagino que solo es una muestra más de agotamiento. De levantarme y no sentir absolutamente nada. De no pertenecer aquí, ni a ningún sitio. De no saber quién soy, ni como volver a ser yo misma.
Pero en fín, no sé, puede que todavía haya gente que piense que para encontrarse primero hay que perderse.
Puede que aún exista esperanza.
viernes, 22 de febrero de 2013
Imaginación entrelazada
A las 8:50 el mundo despierta, y esa calle, mi calle, parece revolverse al compás de la sinfonía de cualquiera de aquellos locos que dedicaron su vida a la música. Las notas de un viejo tocadiscos salen en forma de una despedida que una adorable ancianita espera desde hace más de cinco décadas y nunca tendrá. Mientras, uno de sus vecinos, aquel extraño hombre que suele llevar peluquín porque aún pretende parecer joven sin dejar de ser el casanova que fue años atrás, recibe la noticia de que su hijo que llevaba años en la guerra, falleció salvando un compañero. Unas notas de un violín mal afinado suenan desde el otro lado de la calle, y el perro que solo tiene tres patas intenta en vano perseguir al gato persa de los vecinos más ricos de la calle. El llanto de un bebé que acaba de nacer se solapa con las risas de unos amigos que llevaban años sin verse y han decidido celebrar el reencuentro con más alcohol del que soportaran sus mujeres cuando vuelvan a casa. Un niño cae de su bicicleta mientras intenta aprender a montar sin ruedines y el coche que trae de vuelta a casa a la tía lejana de los vecinos de la casa verde, tiene que parar para no atropellarle. La "madame" que en su juventud había sido la estrella del burdel de la esquina, ahora vuelve a casa con las medias rotas y el maquillaje corrido, preguntándose qué podrá hacerse hoy de comer. La hija de los señores del cuarto se mece en su habitación, sin parar de llorar, pensando que definitivamente se ha vuelto loca, que ya ni siquiera sabe cuantos días lleva encerrada allí, sin poder entender porque nadie sabe de su existencia justo cuando llega su madre, la misma que vive todos los días en la única mansión de lujo de la ciudad y tiene que escaparse a ese piso alquilado para llevar su doble vida, aquella que siempre le hubiese gustado tener. Dos extraños acaban de cruzar una sonrisa, sin saber que en unos años estarán felizmente casados. Un matrimonio discute mientras ocho personas hacen el amor. El chico de los recados le entrega una carta en secreto a la joven de la mansión, planeando una fuga que nunca llegará a realizarse. De la única tienda que hay sale olor a pan recién hecho y empieza a llenarse de gente. El mendigo ocupa su puesto a la puerta, ocultando tras una larga barba que en algún tiempo había pertenecido a la clase más pudiente de la ciudad. La viuda del segundo sale corriendo porque no le da tiempo a llegar a su cita semanal con el peluquero, del que todos menos él, saben que está enamorada. Los niños salen de sus casas con la mochila colgando, y las zapatillas a medio abrochar para no llegar tarde al colegio.
Y yo.. Yo llego al final de la calle. Solo son las 9:00 de la mañana. Me doy media vuelta y contemplo el espectaculo que parece sacado de una de las novelas que algún día me gustaría escribir. Y me pregunto si alguien se dará cuenta de cada minúsculo detalle e inventarán historias sobre mí. Sonrío y me despido con un breve pero intenso latido de mi corazón.
A las 8:50 el mundo despierta, y esa calle, mi calle, parece revolverse al compás de la sinfonía de cualquiera de aquellos locos que dedicaron su vida a la música. Las notas de un viejo tocadiscos...
Y yo.. Yo llego al final de la calle. Solo son las 9:00 de la mañana. Me doy media vuelta y contemplo el espectaculo que parece sacado de una de las novelas que algún día me gustaría escribir. Y me pregunto si alguien se dará cuenta de cada minúsculo detalle e inventarán historias sobre mí. Sonrío y me despido con un breve pero intenso latido de mi corazón.
A las 8:50 el mundo despierta, y esa calle, mi calle, parece revolverse al compás de la sinfonía de cualquiera de aquellos locos que dedicaron su vida a la música. Las notas de un viejo tocadiscos...
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