Me soltaste la mano,
y nos perdimos,
por separado,
y nunca pudimos volver a encontrarnos.
Y mira que te busqué
y rebusqué
en el camino de tu corazón al mío
lleno de recuerdos
que nunca más volveríamos a vivir.
Y es que nos habíamos engañado
creyendo que a nosotros
no nos atraparía
la fugacidad del amor,
y la eternidad del olvido.
Y vaya si nos alcanzó,
inmovilizándonos y embaucándonos,
en la espiral del "ni contigo, ni sin ti"
negándonos la única oportunidad
de sobrevivir.
Tú te ahogaste en tus propios temores,
y yo me asfixiaba en mi silencio,
sin querer dejarnos,
pero dejándonos de querer,
intercalando valor y miedo.
Incendiábamos la cama
mientras nos quemábamos de pena,
pensando que sería la única forma
de congelar ese otoño
que nos estaba estrangulando.
Y ahí estaba yo,
caminando sobre la fina línea
entre quererte y dolerme.
Y me caía,
pero no.
Encontrando el equilibrio
en las formas más absurdas
del dolor.
Esos éramos tú y yo,
una casualidad
que nunca se debió detonar
después de tiempo.
El "si, pero no.."
y todas aquellas veces
que nos dejamos embriagar
por aspiraciones
de un futuro incierto.
"Y si te vas, quédate",
o eso te dije cuando te fuiste,
porque de todas
la tuya fue la huida más cobarde.
Huir para volar
volar para escapar,
y yo,
tan enredada en tus sonrisas
que no podía despegar.
Irónico infortunio,
el destino
le hizo un placaje a mi corazón
dejándolo paralítico emocional.
Menos mal que tengo un poco de salvaje
y aún con las alas rotas
pude hacernos estallar.
Nos quedamos en ruinas,
con miedo a marcharnos
y pánico a quedarnos
sobrevolando un lugar
en el que no quedaba nada.
Nos alejamos,
y cómo dolía ver los escombros
de lo que habíamos sido.
Pero ahora,
que ya somos extraños,
puedo decirte
que tu ausencia es bella y simétrica
de la forma en la que nunca pudo serlo
tu presencia.