Ayer intenté pensarte, y me di cuenta de que ya no recordaba tu voz. Intenté que me hablases, que me gritases, pero definitivamente he olvidado su sonido. También tu olor, y el eco de tu sonrisa, pero de eso me di cuenta más tarde, mucho después de que la imagen de tu recuerdo, antes tan nítida, se desdibujase hasta distorsionarse por completo.
Es curioso como los recuerdos nos eligen. Cuando vivimos algo nunca pensamos en lo que recordaremos cuando ya no lo tengamos, y cuando aparecen las primeras imágenes nunca son las esperadas. Tenemos tendencia a creer que recordaremos los grandes momentos y sin embargo, a la hora de la verdad, nos aferramos a pequeños gestos, a nimiedades cotidianas.
Ayer intenté pensarte, y ya no me vi en aquel coche junto a tí. Me fui alejando hasta que solo pude ver a dos personas que me parecieron completas desconocidas.
Y sonreí, porque parecía que se querían.
Pero entonces me di cuenta de que éramos tú y yo.
lunes, 1 de abril de 2013
sábado, 16 de marzo de 2013
Corazón deshabitado
¿En qué momento el corazón se cansa de dejar en manos de otros la partitura de sus palpitaciones?
La verdad es que no lo sé.
Como tampoco sé cuando se cansó el mío, cuando se empezó a apagar y se dejó morir sin hacer apenas ruido. Puede que se cansase de interpretar siempre los pentagramas más enrevesados, de intentar crear sus obras maestras y nunca terminar ninguna. Al fin y al cabo siempre tuvo un poco de complejo de melodía interminada.
Supongo que no debería quejarme de no sentirlo, de no sentir nada bajo mi piel. El corazón se me ha roto tantas veces y en fragmentos tan minúsculos, que al final encontrarlos todos se ha vuelto imposible. Por eso miro los pocos que me quedan desde la distancia, sin llegar a pegarlos ni a introducirlos de nuevo dentro de mí.
Eran preciosos. Una pena que no me diese cuenta antes.
No sé, imagino que solo es una muestra más de agotamiento. De levantarme y no sentir absolutamente nada. De no pertenecer aquí, ni a ningún sitio. De no saber quién soy, ni como volver a ser yo misma.
Pero en fín, no sé, puede que todavía haya gente que piense que para encontrarse primero hay que perderse.
Puede que aún exista esperanza.
La verdad es que no lo sé.
Como tampoco sé cuando se cansó el mío, cuando se empezó a apagar y se dejó morir sin hacer apenas ruido. Puede que se cansase de interpretar siempre los pentagramas más enrevesados, de intentar crear sus obras maestras y nunca terminar ninguna. Al fin y al cabo siempre tuvo un poco de complejo de melodía interminada.
Supongo que no debería quejarme de no sentirlo, de no sentir nada bajo mi piel. El corazón se me ha roto tantas veces y en fragmentos tan minúsculos, que al final encontrarlos todos se ha vuelto imposible. Por eso miro los pocos que me quedan desde la distancia, sin llegar a pegarlos ni a introducirlos de nuevo dentro de mí.
Eran preciosos. Una pena que no me diese cuenta antes.
No sé, imagino que solo es una muestra más de agotamiento. De levantarme y no sentir absolutamente nada. De no pertenecer aquí, ni a ningún sitio. De no saber quién soy, ni como volver a ser yo misma.
Pero en fín, no sé, puede que todavía haya gente que piense que para encontrarse primero hay que perderse.
Puede que aún exista esperanza.
viernes, 22 de febrero de 2013
Imaginación entrelazada
A las 8:50 el mundo despierta, y esa calle, mi calle, parece revolverse al compás de la sinfonía de cualquiera de aquellos locos que dedicaron su vida a la música. Las notas de un viejo tocadiscos salen en forma de una despedida que una adorable ancianita espera desde hace más de cinco décadas y nunca tendrá. Mientras, uno de sus vecinos, aquel extraño hombre que suele llevar peluquín porque aún pretende parecer joven sin dejar de ser el casanova que fue años atrás, recibe la noticia de que su hijo que llevaba años en la guerra, falleció salvando un compañero. Unas notas de un violín mal afinado suenan desde el otro lado de la calle, y el perro que solo tiene tres patas intenta en vano perseguir al gato persa de los vecinos más ricos de la calle. El llanto de un bebé que acaba de nacer se solapa con las risas de unos amigos que llevaban años sin verse y han decidido celebrar el reencuentro con más alcohol del que soportaran sus mujeres cuando vuelvan a casa. Un niño cae de su bicicleta mientras intenta aprender a montar sin ruedines y el coche que trae de vuelta a casa a la tía lejana de los vecinos de la casa verde, tiene que parar para no atropellarle. La "madame" que en su juventud había sido la estrella del burdel de la esquina, ahora vuelve a casa con las medias rotas y el maquillaje corrido, preguntándose qué podrá hacerse hoy de comer. La hija de los señores del cuarto se mece en su habitación, sin parar de llorar, pensando que definitivamente se ha vuelto loca, que ya ni siquiera sabe cuantos días lleva encerrada allí, sin poder entender porque nadie sabe de su existencia justo cuando llega su madre, la misma que vive todos los días en la única mansión de lujo de la ciudad y tiene que escaparse a ese piso alquilado para llevar su doble vida, aquella que siempre le hubiese gustado tener. Dos extraños acaban de cruzar una sonrisa, sin saber que en unos años estarán felizmente casados. Un matrimonio discute mientras ocho personas hacen el amor. El chico de los recados le entrega una carta en secreto a la joven de la mansión, planeando una fuga que nunca llegará a realizarse. De la única tienda que hay sale olor a pan recién hecho y empieza a llenarse de gente. El mendigo ocupa su puesto a la puerta, ocultando tras una larga barba que en algún tiempo había pertenecido a la clase más pudiente de la ciudad. La viuda del segundo sale corriendo porque no le da tiempo a llegar a su cita semanal con el peluquero, del que todos menos él, saben que está enamorada. Los niños salen de sus casas con la mochila colgando, y las zapatillas a medio abrochar para no llegar tarde al colegio.
Y yo.. Yo llego al final de la calle. Solo son las 9:00 de la mañana. Me doy media vuelta y contemplo el espectaculo que parece sacado de una de las novelas que algún día me gustaría escribir. Y me pregunto si alguien se dará cuenta de cada minúsculo detalle e inventarán historias sobre mí. Sonrío y me despido con un breve pero intenso latido de mi corazón.
A las 8:50 el mundo despierta, y esa calle, mi calle, parece revolverse al compás de la sinfonía de cualquiera de aquellos locos que dedicaron su vida a la música. Las notas de un viejo tocadiscos...
Y yo.. Yo llego al final de la calle. Solo son las 9:00 de la mañana. Me doy media vuelta y contemplo el espectaculo que parece sacado de una de las novelas que algún día me gustaría escribir. Y me pregunto si alguien se dará cuenta de cada minúsculo detalle e inventarán historias sobre mí. Sonrío y me despido con un breve pero intenso latido de mi corazón.
A las 8:50 el mundo despierta, y esa calle, mi calle, parece revolverse al compás de la sinfonía de cualquiera de aquellos locos que dedicaron su vida a la música. Las notas de un viejo tocadiscos...
miércoles, 20 de febrero de 2013
Vacío y Oscuridad
"-Siempre habrá cosas buenas y cosas malas, lo sabes.. Pero como no permitas que lo bueno entre y te haga estar mejor, no saldrás de donde quiera que estés..La encontraron tumbada en el suelo, intacta, sin ninguna herida aparente. Su rostro angelical, casi infantil permanecía pegado al asfalto. Mantenía sus ojos, casi amarillos, abiertos. Pero ya no tenían vida. Ninguno de los presentes se atrevía a mirarla más de unos segundos, les producía una sensación incómoda. Un vacío al que no estaban acostumbrados se adueñaba de ellos y les aprisionaba el corazón.
-Es que no sé si quiero salir. A veces siento que no puedo más, y tengo que irme para no pensar. Huir de mí. Y contigo no puedo hacerlo.
-¿Por qué? Eres libre de hacerlo...
-Porque tú sabes quien soy.
-Tú lo has olvidado... Pero yo no. Y nunca lo voy a hacer. Y no me iré, ni cambiaré, ni dejaré de ser quien soy. No dejaré de recordarte que eres capaz de querer... aunque ahora solo veas y sientas odio."
El silencio era absoluto cuando procedieron a cubrir su rostro, a nadie le gustaba imaginar las historias que sucedían entre la espesa niebla de la ciudad pasada la medianoche.
Y entonces se escuchó, y aunque apenas era audible, todos los presentes se estremecieron . Era el sonido de un corazón, que aunque roto, seguía latiendo.
lunes, 18 de febrero de 2013
Abrazando recuerdos
Ahora la miro con ternura, con una mirada de una comprensión infinita, dedicándole una sonrisa que pretende decir que todo saldrá bien, que por mucho que la duela en ese momento, todo acabará quedándose en un mal recuerdo que muchas veces ni recordará. La cojo de la mano y la abrazo todo lo fuerte que puedo, sin soltarla un segundo, pues sé que ha sentido el gélido aliento de la soledad muchas más veces de las que debería haber soportado. Es tan fuerte... y sin embargo, me sigue pareciendo demasiado vulnerable. Quiero decirla que yo estoy aquí, que siempre lo estoy, y que no se debe preocupar, que conozco muy bien a su ángel de la guarda, ese que siempre se queda en la esquina de su cama hasta que consigue dormirse.
Me gustaría decirla que aún recuerdo muchas de sus pesadillas, y también todas las noches que se dormía llorando abrazada a aquella foto, que conozco sus miedos casi mejor que los míos propios y también todos los sueños de un futuro que algún día pretende cumplir.
Pero me limito a rodearla con mis brazos y darle toda la calidez que pueda, pues sé que la necesitará en muchos más momentos de los que es capaz de imaginar.
Me gustaría prometerla que su vida será tal y como se la imagina todos los días, que ya ha pasado por casi todo el sufrimiento y que apenas la quedan lágrimas que llorar, que olvidará todos los miedos que la amenazan por las noches y que siempre seguirá teniendo esa sonrisa y los brazos abiertos para todo el mundo.
Pero no puedo mentirla. Me gustaría, de verdad, pero ella odia las mentiras. Prefiere estar preparada para todo, y eso, con el tiempo, la volverá una persona que siempre parece estar a la defensiva. Me gustaría contarle todo lo que le va a pasar los siguientes diez años de su vida, pero no puedo ser tan cruel con ella. Tengo que dejarla vivir las cosas como le gustan, saboreando cada segundo de ellas, aunque eso suponga ir perdiendo partes de ella por el camino.
Me gustaría rodearla con mis brazos y no soltarla nunca, protegiéndola de todo. Enmendar sus errores antes de que pudiese cometerlos. Hacerla reir todos los días, para que nunca tuviese que sentir lo que es olvidar sonreir. Taparla los oídos para que no oyese todas esas promesas que algún día la destrozarán. Alejarla de todos los que no serán capaces de quedarse en su vida y la irán cambiando poco a poco, recubriéndola de una escarcha que ahora solo es capaz de ver en los muñecos de nieve. Me gustaría poder decirla que yo siempre estoy con ella, aunque ni siquiera me vea. Que no se tiene que sentir tan sola.
Pero no puedo. Porque entonces no la dejaría vivir. Porque entonces ni siquiera estaría escribiéndola, ni siquiera existiría yo, al menos no el yo que existe hoy por hoy. Asique me limito a quedarme muy cerca de ella, contándola esos cuentos que tanto la gusta escribir.
Y cuando consigo que se duerma, solo entonces, me pregunto si mi yo del futuro pensará lo mismo, si estará al igual que yo abrazándome y rodeándome, intentando quitarme parte de sufrimiento. Me pregunto si querrá decirme que ahora que ya he visto la cara más oscura de la vida y me he peleado con ella de muchas de las formas posibles perdiendo casi todas las batallas, volveré a ver aunque sea un poco de luz.
Me gustaría decirla que aún recuerdo muchas de sus pesadillas, y también todas las noches que se dormía llorando abrazada a aquella foto, que conozco sus miedos casi mejor que los míos propios y también todos los sueños de un futuro que algún día pretende cumplir.
Pero me limito a rodearla con mis brazos y darle toda la calidez que pueda, pues sé que la necesitará en muchos más momentos de los que es capaz de imaginar.
Me gustaría prometerla que su vida será tal y como se la imagina todos los días, que ya ha pasado por casi todo el sufrimiento y que apenas la quedan lágrimas que llorar, que olvidará todos los miedos que la amenazan por las noches y que siempre seguirá teniendo esa sonrisa y los brazos abiertos para todo el mundo.
Pero no puedo mentirla. Me gustaría, de verdad, pero ella odia las mentiras. Prefiere estar preparada para todo, y eso, con el tiempo, la volverá una persona que siempre parece estar a la defensiva. Me gustaría contarle todo lo que le va a pasar los siguientes diez años de su vida, pero no puedo ser tan cruel con ella. Tengo que dejarla vivir las cosas como le gustan, saboreando cada segundo de ellas, aunque eso suponga ir perdiendo partes de ella por el camino.
Me gustaría rodearla con mis brazos y no soltarla nunca, protegiéndola de todo. Enmendar sus errores antes de que pudiese cometerlos. Hacerla reir todos los días, para que nunca tuviese que sentir lo que es olvidar sonreir. Taparla los oídos para que no oyese todas esas promesas que algún día la destrozarán. Alejarla de todos los que no serán capaces de quedarse en su vida y la irán cambiando poco a poco, recubriéndola de una escarcha que ahora solo es capaz de ver en los muñecos de nieve. Me gustaría poder decirla que yo siempre estoy con ella, aunque ni siquiera me vea. Que no se tiene que sentir tan sola.
Pero no puedo. Porque entonces no la dejaría vivir. Porque entonces ni siquiera estaría escribiéndola, ni siquiera existiría yo, al menos no el yo que existe hoy por hoy. Asique me limito a quedarme muy cerca de ella, contándola esos cuentos que tanto la gusta escribir.
Y cuando consigo que se duerma, solo entonces, me pregunto si mi yo del futuro pensará lo mismo, si estará al igual que yo abrazándome y rodeándome, intentando quitarme parte de sufrimiento. Me pregunto si querrá decirme que ahora que ya he visto la cara más oscura de la vida y me he peleado con ella de muchas de las formas posibles perdiendo casi todas las batallas, volveré a ver aunque sea un poco de luz.
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